Ser un niño feliz.

SER UN NIÑO FELIZ.
Por una angosta calle de tierra, de esas que a los costados tienen una zanja, que llamamos comúnmente cuneta y que mucha gente no conoce porque nunca en su vida han visto una … bueno retomo mi relato. Por esa callecita, polvorienta en tiempos de sequía o llena de barro cuando las lluvias eran seguidas, despareja, pero simpática a la vista, venía rodando una pelota. Creo que han querido hacer una pelota. Seguramente las manos de una madre que para dar alegría a su pequeño hijo fue metiendo retazos de tela dentro de una media que ya no daba más por las tantas zurcidas recibidas y así fue dando la forma más esférica que pudo, aunque a decir verdad, muy redonda no le había salido. Dándole impulso cada vez que dejaba de rodar, venían unos pies pequeños, zapatillas rotas, dedito gordo afuera, cabecita despeinada que seguramente venía pensando que era Messi o Mascherano y oyendo la ovación de la tribuna, porque cada tanto gritaba “gooooolllll”y levantaba los brazos saludando a la “hinchada”. Así llegó hasta el pavimento, siempre pateando para adelante.
_¡Hola Carlitos! ¿para a donde vas ?—se oyó la vos de una señora que andaba haciendo las compras y por lo visto lo conocía.
__Hola doña Marta…a ningún lado; ando jugando un rato !.
Y siguió por esa calle donde había varios negocios y a él le gustaba tanto acercarse y mirar sus vidrieras. En su barrio eso no se veía. Allí solo había una despensa en una casa de familia; una verdulería abierta en el zaguán de una vieja casa y un despacho de pan en la casa de los Núñez, que la habían puesto con la esperanza de que les dejara alguna ganancia. Pero en esa calle importante, con asfalto y carteles que cuando llegaba la noche se iluminaban, todo era distinto. Las cosas se veían lindas en esas vidrieras y Carlitos se quedaba horas mirando con curiosidad, hasta que caía la tarde y volvía corriendo a su casa porque era la hora que su mamá volvía de trabajar en casa de una familia. Vivían los dos solos porque su papá había muerto. Él se portaba muy bien, que era la manera con lo que podía ayudar a su mamá, hasta que fuera más grande y pudiera trabajar. Uno de los negocios que lo atraían de manera especial era una casa de deportes. En su vidriera amplia y luminosa lucían zapatillas de marcas cotizadas, botines, ropa deportiva que el pequeño veía con ilusión … y sobre todo varias pelotas de distintos tamaños, de cuero y también de otros materiales y colores llamativos, que el pequeño imaginaba que, quizás un día cercano, podría tener entre sus manos en lugar de la de trapo que le hizo su mamá. Una de esas , reluciente y bien redonda, seguramente rodaría mejor que la suya. Se quedaba buen rato con la cara pegada al vidrio…. hasta que miraba la altura del sol y salía corriendo con su pelota bajo del brazo, porque debía llegar antes que su mamá. La pobre venía tan cansada que no quería darle un disgusto si no lo encontraba. Con apenas siete años se sentía una persona responsable.
Pero ese día Carlitos no pudo llegar hasta el escaparate. Un grupo de varios chicos cuyas edades irían de los ocho a los once años, más o menos, estaban apoyados en la vidriera y no dejaban lugar a que el niño pudiera acercarse. Mirándolo de manera sobradora y viendo lo humilde de su vestimenta, el que aparentaba ser mayor y tal vez para impresionar a su grupo le dijo de manera despectiva:
_¿Qué haces pibito acá ? Este no es lugar para vos….mirá como estás vestido ! —la risa de los demás lo hizo sentirse como el héroe del grupo. Carlitos, con un hilo de voz apenas dijo :
_Me gusta venir a mirar las zapatillas … y las pelotas.
La risa de todos hizo que se viera más pequeño aún .
_Andá pibito…te falta mucho para poder tener esas zapatillas y esa pelota. Tenés que tomar mucha sopa . Andá a jugar con la que tenés bajo del brazo que es mucho para vos todavía.
A veces hay chicos que pueden llegar a ser muy crueles cuando se lo proponen. Carlitos conservaba la ingenuidad de los niños puros, sin ninguna malicia. Los miró como agradeciendo el consejo y el tiempo que le dedicaron.. El pequeño, en su inocencia, por suerte no entendió la cruel burla.
__Bueno….entonces chau….__y se fue pateando su pobre pelota, con esos pies pequeños dentro de sus zapatillas viejas y rotas ….pero feliz. Por lo que había entendido tenía que esperar a ser más grande para llegar a tenerlos. Y él mientras tanto tenía su pelota para poder jugar. Llegó a su casa con una sonrisa y la guardó cerca de su cama, como lo hacía siempre.
__¿Qué te pasa que estás tan contento?—le dijo su mamá mientras preparaba la cena.
__Estoy contento porque un día voy a tener zapatillas nuevas y una pelota de futboll que veo siempre en una vidriera. Me dijeron unos chicos que tengo que esperar un poco —dijo feliz mientras metía con ganas la cuchara en el plato de sopa humeante que su madre —sacudiendo la cabeza —le terminaba de servir.
__¿Después puedo tomar otro plato de sopa?
Era feliz y la felicidad no se mide ni se compara con la riqueza.
OLGA.

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