Esas noches de verano.

Esas noches de verano.

 

En las noches de verano era una costumbre

después de cenar,

sentarnos buscando el fresco del patio,

en el patio regado de exprofeso en la tarde.

Papá lo hacía en una silla baja

y yo, para copiar lo que él hacía, en otra igual.

Escuchábamos la radio y ese momento de unión

era el que teníamos los cuatro.

Papá trabajaba todo el día en el campo

y mamá ¡ siempre con los quehaceres andaba tanto !

Me quedó muy grabada esa imagen en mi corazón.

Papá en esa época todavía fumaba

y me parece ver en la negrura de la noche

esa bracita encendida como única luz que nos alumbraba.

Pero en las noches estrelladas

y cuando la luna muy oronda se paseaba,

el tema principal eran las estrellas.

Desde muy chiquitas nos enseñaron el nombre

de cada una de ellas,

con ayuda de mamá que se sabía muchas historias.

Esas noches de verano son inolvidables.

Nos quedábamos hasta tarde ahí en el patio,

escuchando el galope del caballo

de algún vecino que se demoró en el pueblo

y ahora apura al animal para llegar cuanto antes.

O el rodar de algún sulky y hasta se oía,

en la serenidad de la noche, lo que en la charla decían,

sus ocupantes,

acompañados del traqueteo del rodado y del caballo.

Y aunque no los veían papá y mamá decían:

__Es Juan que vuelve, con su mujer María.

Y las luciérnagas pintando de lucecitas

en el aire, como un regalo que esperábamos cada noche.

Y las flores del jardín que perfumaban más

al ocultarse el sol y se confundían las fragancias

de las fresias con las violetas,

los jazmines y los nardos en sana competencia;

azucenas, alelíes con los lirios mezclaban sus esencias.

Y nosotros ahí, sin imaginarnos siquiera

que esos momentos eran sagrados.

Y hoy, con el pasar del tiempo todo se agiganta.

Y se oía el cri cri de los grillos

y más lejos el chus chus de las lechuzas

y algún sapo que se animaba y se arrimaba

para comer los bichos cascarudos

que por entonces abundaban.

Los perros, más allá, parecían entender de ese momento:

Chiquito, el Negro y Batuque de a ratos dormitaban

mientras el gato amarillo se estiraba

después de dormir su siesta acostumbrada.

En la radio se oía a Héctor Gagliardi

diciendo sus poesías que emocionaban.

O sonaban los tangos de D´Arienzo,

de Troilo, De Angelis, Varela o de Di Sarli

que tocaba su ”Yo soy de Bahía Blanca´´.

Entonces papá y mamá contaban de Gardel

que murió el mismo año que ellos se casaran.

Tal vez fue por eso que,

de muy chica aprendí a querer el tango, entre otras cosas,

a mirar la luna que llevaba adentro una carroza ,

que las tres Marías nunca se separan

porque la familia debe estar unida.

Y si había rocío, desde aquel pedazo verde de terreno,

venía la fragancia de la flor del trébol

mezclada al de la alfalfa azul y perfumada.

¿Cómo serán ahora las noches de verano

en ese lugar tan solo , triste y alejado?

Tal vez ahí estén mis viejos , como lo hacíamos antes,

en el patio fresco, sentados, esperando

que un día seamos de nuevo, juntos los cuatro,

como en esas noches únicas de cada verano,

hablemos de estrellas … y charlemos largo…

¡Por eso eran tan lindas las noches en el campo !

OLGA.

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