La casa de al lado.

LA CASA DE AL LADO.

 

Recuerdo que yo tendría cinco años cuando fuimos a vivir a la casa de la calle Cochabamba de esa ciudad no muy grande, pero muy pintoresca. Veníamos de vivir en otro lugar y en un departamento que sin ser chico, era justo para las necesidades de una familia tipo, formada por papá, mamá, mi hermano unos años mayor y yo. Cuando llegamos a esa casa, recuerdo, fue como entrar a otro mundo. Descubrí cosas diferentes, como por ejemplo salir a la vereda y poder andar con mi triciclo pedaleando a gran velocidad mientras con la boca hacía el ruido de un motor de auto. Mi hermano jugaba a la pelota con otros chicos del barrio de quienes al segundo de verse se hicieron amigos. Me gustaba salir al patio y ver el cielo. Parecía que recién descubría que existía el cielo. Mamá también  se sentía muy feliz viviendo en esa casa. Me daba cuenta porque cuando salía a tender la ropa cantaba como nunca la había oído antes. Papá, el primer domingo que estábamos en la casa, anunció “voy a estrenar la parrilla” y yo lo seguía por detrás viendo como preparaba la leña, encendía el fuego y luego desparramaba la brasa debajo de la parrilla sin dejar, casi, de silbar. Era un hermoso día de sol y mamá dijo:

__ ¿Y si comemos aquí en el patio? —- “¡Siiiiiii…! “fue la contestación de papá, de mi hermano y mío, que a la vez que lo decía, no dejaba de saltar y correr por el patio… feliz. De verdad que no recuerdo haber sido más feliz en la vida, que en todo el tiempo que vivimos en esa casa.

A los pocos meses de que vivíamos allí, se mudaron nuevos vecinos a la casa de al lado que estaba desocupada hacía un tiempo. Yo observé todo el tiempo que duró el movimiento de los obreros como descargaban muebles y todo lo que uno traslada en esos casos. Pero lo que más me gustó era que tenían un hijo, más o menos de mi edad y también un perro.

___Hola, ¿cómo te llamás? — recuerdo que le dije acercándome un poco más para hablar.

___Yo Daniel y ¿vos ?

___Yo me llamo Ana Clara ¿Y tu perro no muerde?, ¿cómo se llama?

___Valentín y es muy bueno. ¡Tocalo!

___Valentín es nombre de persona, no de perro.

___Pero él es un perro y se llama así.

___Ah… bueno  ¿Querés que seamos amigos?

___Yo si ¿y vos?

___Yo también. Bueno, entonces ahora ya somos amigos.

Y así quedó sellada esa amistad con toda la sinceridad, desinterés y la pureza que solo se tiene a esa edad maravillosa. Quizás me hubiera gustado que fuese una nena, como yo, para jugar con las muñecas, pero bueno, era un nene y no se podía cambiar, así como el nombre del perro que no se podía cambiar… era así nomás.

La casa donde vivíamos, aparte del gran patio con parrillero y galería, tenía un terreno muy grande con árboles frutales. Mi mamá dio rienda suelta a su pasión por las plantas y en poco tiempo llenó la galería de hermosas macetas con variedad de plantas y colgando unos helechos que eran la admiración de los amigos que fueron llegando también a la vida de mis padres y comenzaron a visitarnos. A mí me gustaba ir al fondo del terreno, allá donde estaban los árboles. Había un naranjo, un duraznero, una hermosa planta de mandarina, un ciruelo y un limonero. Recuerdo que cuando recién llegamos y recorrimos el terreno, mamá dijo:

__ Que lindo, se ve que les gustaba el verde y la naturaleza, como a nosotros.

. Aunque yo era muy chica no me olvido más de esas palabras de mamá. Como no me olvido de las tardes enteras que pasaba entre esos árboles jugando, comiendo de sus frutos, trepándome y mamá diciendo:

__¡Otra vez te lastimaste ! mirá como tenés esas rodillas !.– Y así crecí, con mis piernas llenas de moretones pero feliz. El que me acompañaba en esas “expediciones” por entre los árboles era mi inseparable amiguito Daniel que venía siempre con su perro ( que no tenía nombre de perro) y que jugaba con nosotros. A veces era nuestro hijo; otras un hermano que llegaba de visita; otras un médico que llamábamos porque “mi marido” no se sentía bien. Pero nunca hacía de perro. Cuando empezamos la escuela primaria íbamos de mañana, así que a la tarde, después de hacer las tareas y tomar la leche, nos sumergíamos en el mundo verde de nuestros árboles. Hasta nos habíamos hecho una casita con tablas y cartones y para nosotros era como tener una magnífica mansión. Cierro los ojos y la veo perfectamente, con la cocina, la mesa y los asientos que nosotros mismos habíamos armado.

Cuando teníamos once años, a papá, empleado del Banco Provincia, lo ascendieron y lo trasladaron a otra ciudad más grande y en la otra punta de la provincia. Los sentimientos fueron muy dispares. Mis padres estaban felices por el progreso logrado, pero tristes por tener que dejar esa casa que nos había hecho tan bien a todos. Mi hermano despotricaba por tener que separarse de sus amigos y de una noviecita, compañera suya de segundo año. Y yo…. no puedo contarles lo que sufrí. Lloré debajo de esos árboles que habían crecido igual que yo. Lloré abrazada a mi amigo Daniel y a Valentín que era también como mi perro. Nos juramos que íbamos a seguir siendo amigos toda la vida a pesar de que estuviéramos viviendo muy lejos uno del otro.

—Cuando yo sea más grande y pueda viajar solo , te voy a ir a visitar. — me dijo a modo de consuelo.

Cuando el camión de mudanza arrancó, nosotros saludamos a nuestros amigos y vecinos que vinieron a despedirnos. Mamá se abrazó llorando con la mamá de Daniel de la que se había hecho muy amiga. Besos a granel de acá y de allá. Subimos al coche y papá puso el motor en marcha mientras yo lloraba sin consuelo viendo como nos saludaban todos en la vereda, con la mano en alto y Valentín al lado de Daniel, miraba todo con sus ojos tristes.

La ciudad donde papá fue como gerente era linda; la casa también, pero yo comparaba todo con lo que dejamos atrás. Muchas noches en que no podía dormir por la pena, pensaba en la casita que había quedado bajo de los árboles, en mi amigo , en Valentín y en la casa de al lado donde ellos vivían y que yo habían querido como a la mía.

La vida fue pasando, para mi gusto, muy rápido. Mi hermano se recibió de abogado y en las dos mudanzas que tuvimos después de aquella tan dolorosa, dejó dos novias que él creía que serían “las únicas que amaría” .Como era lógico, se casó con una cuarta novia, abogada como él y según dijo a mis padres “era el amor de su vida”. Ellos ya estaban tan acostumbrados a oírlo, que sacudían la cabeza y sonreían.

Yo seguí artes plásticas. Había hecho ya un par de exposiciones y en mis pinturas siempre  sobresalían los cuadros con árboles como durazneros en flor; naranjos con sus frutos maduros y siempre un perro asomando en algún paisaje.

Pinté muchos rincones de esa casa de la calle Cochabamba. La galería; los macetones y los helechos colgantes. A pesar de los años que han pasado, tenía todo tan grabado en mi mente de tal manera que me demostraba que esos fueron los años más felices de mi vida. Tuve suerte con mi profesión. Viajé por varios países en los que solicitaban mi obra que cosechó  premios y halagos. Como contrapartida no logré la felicidad que yo anhelaba. Al perder a mis padres, me encontré de golpe sola. Mi hermano mayor con su familia estaba radicado hacía años en la ciudad de Mendoza y yo con cincuenta y dos años encima, no sabía qué camino seguir. Debía tomarme unas vacaciones tranquila y pensar que rumbo le daría a mi vida.

Tirada en la arena en una playa del caribe, de repente apareció en mi mente aquella casa querida de la que no me podía olvidar. ¿Cómo sería verla ahora, con los ojos de una mujer adulta? ¿La vería igual que cuando la dejé, a los once años? Fui al hotel, empaqué mis cosas y tomé el primer vuelo que me llevara de vuelta. Ya en mi casa organicé todo para viajar a aquella ciudad lejana, pero tan  querida.

Bajé en una terminal moderna y extraña para mí. Un taxi me llevó hasta la calle Cochabamba. Todo estaba distinto en el barrio. Me acerqué temblando al lugar donde estaba mi casa. No la encontré. La habían demolido. Me estiré tratando de encontrar los árboles del fondo. Todo era una maraña de ramas secas y enredaderas de campanillas de flores azules que lo cubrían todo, Miré hacia la derecha; al menos allí estaba todavía la casa de al lado. ¿Quiénes vivirían ahora allí?. Decidida a saber toqué el timbre. Salió un hombre de edad mediana y cabello casi blanco.

___ ¿Señora? — me preguntó.

___Mire… no sé cómo decirle, como empezar…. yo hace más de cuarenta años vivía en la casa que estaba en la esquina —- y señalé las ruinas que quedaban.

___¿ Vos no sos Ana Clara ?—dijo ese hombre.

___Si… —dije sorprendida de que supiera mi nombre. Me abrió los brazos y me estrechó con todas sus fuerzas.

___Yo soy Daniel… ¿no me reconoces? — Y en un segundo vino nuestra niñez de nuevo a jugar con los sueños que estaban dormidos y a recordarnos que nos habíamos jurado ser amigos para siempre. Así abrazados como me tenía me llevó adentro para presentarme a su familia. Se atropellaban las preguntas y las respuestas. En más de  cuarenta años eran tantas que estaban acumuladas allí esperando salir un día a la luz.

Así me contó que él siguió siempre viviendo en esa casa. Tuvo mucha más suerte que yo en la vida. Tenía una hermosa mujer que me sonreía como si me conociera de años; unos hijos preciosos y allá en el patio, descubro que también tenía un perro… aunque no era Valentín.

OLGA

 

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